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  • El niño de Kisangani

    Djoking

    “Antes de empezar a jugar la Capoeira, se me venía a mi memória los momentos que estuve en la selva. Era común que reviviera en la mente la vida que llevaba en combate. Desde que empece la Capoeira, ya no pienso más ese capítulo de mi vida”.

     

    Hacen casi dos años que Djoking vive en el centro de transición y orientación CAJED, en los suburbios de Goma, capital de la provincia de Kivu del Norte, al este del Congo. El abrigo recibe niños recién-salidos de grupos armados y ayuda a reintegrarlos a la vida social dejándo para trás una rutina militarizada.

    Allá, Djoking descubrio una actividade que lo ha marcado profundamente: la “Capoeira por la paz” (colocar o link embedded para a parte que fala do projeto da UNICEF), una iniciativa de la UNICEF que contó con fuerte apoyo de la embajada brasileña en la capital Kinshasa y, por donde ya pasaron más de 4 mil niños.

    Además del fútbol y de las clases de inglés que empezó a frecuentar, él escuchó por primera vez el eco del sonidos del berimbau y del ritmo compasado de la Capoeira y sus cánticos. Además de los movimentos libres y acrobáticos en rueda que lo encantó.

    Todo era muy diferente de la vida en la selva.

    A los 14 años, lo raptaron a él desde su ciudad natal Kisangani, capital de la provincia de Tshopo en la porción norte de la República Demorática del Congo. En swahili, ‘una ciudad en la isla’, Kisangani se asienta en el corazón de la selva tropical bañada por las aguas del Río Congo y sus afluentes.

    Era una noche de 25 de deciembre de 2014 cuando las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF) secuestraron a 35 niños y selos llevaron hacia los campos de entrenamiento a 800km de distancia, cerca a la frontera de Uganda.

    Aún bebé, su madre lo abandonó dejándolo a los cuidados del padre, un soldado de las fuerzas armadas del Congo (FARDC), muerto cuando el adolescente aún tenía 12 años.

    Djoking ya no tenía más familia. “Fui a vivir en las calles, me volví un niño de la calle en Kisangani”.

    En aquella noche de navidad de la cual guarda recuerdos en detalles, “me llamaron del otro lado de la calle para ayudar a descargar un contenedor, dijeron que me iban a dar dinero”. Sin pensar mucho y en búsqueda de alguna plata para sobrevivir, no lo hesitó.

    “Así que adentré el contenedor, lo cerraron y me dejaraon allá dentro. Estaban con armas y cuchillos. Habían otros 34 infantes raptados. Nos escondimos en el fondo del caminón por detrás de las frutas”, recuerda.

    Así pasaron 11 días cruzando el país dentro de un contenedor. “No sabía qué iba a pasar cnomigo ni tampoco com los demás”.

    Un infante soldado

    Sin poder para eligir su destino, Djoking fue reclutado como um soldado del grupo armado de origen islámica bajo el codinombre ADF, una de las más de 70 milicias que actúan en Kivu do Norte.

    Tras haber pasado días aprisionado a bordo de un camión cerrado con apenas um agujero en el piso para hacer sus necesidades, el grupo de niños desembarcó en Eringeti, Kivu del Norte, el santuario que sirve de base para las acciones del grupo ADF.

    Cuando descenderon, hombres armados anunciaron: “Ahora ustedes tendrán un trabajo, vamos a enseñarles”.

    Al oir estas palabras, un suspiro de éxtasis y esperanza surgió entre los adolescentes. “Iríamos a tener un trabajo”, recordó.

    Sin embargo, Djoking y sus colegas secuestrados no sabían que su “trabajo sería el de matar personas”.

    Fue allí donde el chico de Kisangani recibió entrenamiento. Un marco en el que dejó su vida de niño de la calle para volverse en un combatiente.

    “Los soldados cargaban armas y cuchillos. Teníamos mucho miedo, pero no podíamos llorar, no podíamos preguntar nada, no sabíamos qué estaba pasando”.

    El día a día en la sela era duro, recuerda. El único alimento que podían comer era ñame crudo. “Cuando lográbamos comer un poco de carne, lo hacíamos escondido sin que nuestros jefes lo supieran”.

    El temor de los superiores y de los castigos que podrían sufrir los impedía de rebelarse.
    Djoking es capaz de describir detalles de un pasado que lo asombró por mucho tempo.

    “No sé exactamente cuántos niños éramos en total, pero éramos demasiados. Diría que unos cinco mil soldados distribuidos en vários batallones. Donde estaba yo, éramos unos 400 o 600 en la selva”.

    El uso militar de niños soldado es una práctica común por parte de milicias armadas en el Congo.

    En 2014, el ADF ingresó en la lista negra de las Naciones Unidas por violar las leyes humanitarias contra mujeres e infantes, mutilar, decapitar y raptar docenas de personas, aterrorizando aldeas enteras.

    Entre los deberes de los niños soldado se incluía el corte de madera para el contrabando en la frontera. La tala ilegal de Libuyu, en swahili, especie tropical de alto valor, es una de las principales fuentes de recursos del grupo.

    En el campamento militar, dormían en carpas, pero cuando estaban en combate, la única opción era dormir al rocío.

    “Nos entrenaban para usar armas, machetes y martillos de 5 kg para dar golpes en la cabeza de las personas”.

    Él dice haber estado en combate tres veces. La primera durante un ataque de las fuerzas armadas del Congo junto con los cascos azules de la misión de paz de la ONU; otra contra un grupo en la montaña; y una tercera vez en que fue obligado a “matar inocentes”, cuenta. “Matámos 52 personas y yo también he tenido que matar”.

    Él no sabía bien porqué estaba luchando o contra qué. Los superiores les deciían que estaban en entrenamiento y que, un día, se les pagaría. “Nos estaban mintiendo. Nunca nos han pagado”.

    Estuvo un año entero en el bosque hasta que conquistó la confianza de sus superiores. Un dia en enero de 2016, Djoking fue enviado a una importante misión: ser espía en Goma, ciudad donde está la sede de la misión de paz de la ONU.

    Era el momento que tanto esperaba para huir.

    Lo llevaon para cortar su pelo tras varios meses. Fue la oportunidad que tuvo para decir que iba a buscar algo de comer, cuando pudo despistar el integrante del grupo y recorrir a la comisaría de policía en el Quartier Virunga, uno de los barrios de Goma.

    “Se lo conté a la policía mi historia y todo lo que sabía. Pero no me lo creyeron”. De aquel momento, fueron docenas de veces repitiendo su historia para un canal de televisión local, en la comisaría especializada para asistir a los infanted y la inteligencia del ejército.

    Un mes desde que escapó, marzo de 2016, lo encaminaron a la base de las Naciones Unidas para dar inicio al proceso de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR) de ex-combatientes.

    Por ser aún menor de 18 anos, Djoking fue transferido a los cuidados de abrigos provisionales bajo la coordinación de la UNICEF.

    Próximo de completar 18 años, el muchacho no tiene miedo de narrar su historia.

    En el abrigo, tuvo que adaptarse a la nueva realidad. En el inicio, solo hablaba Lingala, después aprendió Swahili para comunicarse. “Aqué se hizo una familia. Tengo clases de inglés, juego al fútbol y también practico a la Capoeira a los martes y jueves”, comentó.

    © Flavio Forner

    La Capoeira es una de las actividades que lo ayudó a integrarse a los otros niños. Así como él, los demás colegas también compartían historias de supervivencia, trauma y superación.

    “Veo que ahora las cosas están mejorando”, espera. Djoking Lanza una mirada por la ventana y echa um vistazo a sus colegas en el espacio de tierra donde suelen jugar a la pelota.

    “Nuestros maestros nos enseñan que, en la Capoeira, si estás prestes a dar una patada, uno no puede tocar el otro, tenemos que saber controlar nuestros movimieentos. De esa forma hacemos amigos en la Capoeira”.

    Djoking aún no sabe cuál será su futuro. Cuando completar 18 años, va a tener que dejar el abrigo. Desde que llegó, los asistentes sociales se han esforzado para encontrar algun de su familiar. A su madre, él ni se acuerda de su rostro.

    Hijo único y sin hermanos, fue creado con su padre o pai y estudió apenas hasta el segundo grado. Las noticias que le han llegado es que su mamá estaría en Isiro, una ciudad de 200.000 habitantes en la provincia de Haut-Uele a 900 km noroeste de Goma.

    Mientras llega su día para salir del abrigo, él espera recibir una familia adoptiva. “Espero tener chances de encontrar a una familia que me abrigue, me enseñe, me aconseje y me apoye. Quisiera poder volver a la escuela”.

    © Flavio Forner

    Aún no sabe qué tipo de oficio podría seguir, pero recuerdase de los consejos que su papá le dijo que lo motivara a ser un jugador de fútbol. “Hoy cuando juego al fútbol, pienso en él. Me decía ‘hijo mío, quiero que seas um gran futbolista’”.

    En medio a tantas incertidumbres, Djoking sueña alto: “Me gustaría de intentar ayudar a mi país a alcançar la paz”.

    El adolescente no tendrá su nombre original divulgado. Para garantizar la integridad y la seguridad de los niños menores de 18 años y seguir las directrices de UNICEF, los niños entrevistadas en este proyecto fueron identificadas por los apodos que ellos mismos eligieron
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