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  • El niño del Eden

    Melvin

    “Con la Capoeira, siento que puedo ser yo mismo”.

     

    Es con estas palabras que Melvin empieza a narrar su historia.

    “Cuando juego, me siento bien, puedo interactuar con los otros y hacer amigos”.

    No hace mucho tiempo que el adolescente de 16 años fue iniciado en la práctica de la Capoeira. Había apenas cinco meses que tuvo contacto por primera vez con la –‘ginga’, el paso básico, y las posiciones de media luna, armada y silla.

    Aún tímido, Melvin há decidido dar una chance a la Capoeira y a arriesgar algunos movimientos. Hoy, ella se volvió una de sus principales actividades mientras El intenta reempezar su vida.

    © Flavio Forner

    “No sabía bien qué era. Ahora que estoy aprendiendo, quisiera poder jugar tan bien como los profesores lo juegan. Quiero saber hacer tantas cosas con la Capoeira”, comentó.

    Hacía cinco meses que Melvin estaba en el abrigo del Programa de Apoyo a la Lucha contra la Miseria (PAMI), una organización sin fines lucrativos que administra un espacio para acoger a niños que estuvieron asociados a grupos armados en el este de la RD Congo.

    Es allí en las dependencias del PAMI, una pequeña finca ubicada en Keshero, suburbio de Goma, donde las clases de Capoeira son ofrecisadas a los niños.

    Su história se assemeja a la de muchos infantes congoleños de comunidades remotas del país.
    En 2014, a los 14 años, fue secuestrado y llevado a la selva por hombres armados que decían ser combatientes del grupo de origen hutu llamado Nyatura.

    Huérfano de padres, Melvin estaba vulnerable y expuesto a la codicia de milicias que se alimentan de la fuerza infantil para operar en el país.

    En el este del Congo, es común que rebeldes armados utilicen infantes para aumentar las filas de combatientes. Las Naciones Unidas estiman que entre el 15 al 30% de todos los recién soldados reclutados son menores de 18 años.

    Melvin fue forzado a abandonar su familia, su comunidad y su infancia. De nombre bucólico, su pueblo Jardin del Eden, en la provincia de Kivu del Norte, estaba en la ruta de grupos armados rebeldes contrarios a las fuerzas armadas del gobierno y de la misión de paz de la ONU.

    Como intengrante de la milicia, tuvo que luchar en la selva. Sus obligaciones eran buscar água, preparar comida y actuar como guardaespaldas de sus superiores.

    “Todo era difícil en el grupo armado. Nos espancában todo el día, por la mañana, por la tarde y por la noche cuando teníamos que entrenar. Yo quería huir”, contó.

    Él no estaba solo. Muchos niños y adolescentes integraban el grupo armado. En sus relatos, Melvin describe que había un total de dos mil rebeldes concentrados en los campos de entrenamiento.
    El deseo de escapar apenas se concretizó seis meses después cuando logro tramar una fuga nocturna con otros nueve muchachos.

    Ya resonaban rumoras a las escondidas de que los soldados que quisieran bajar las armas podrían rendirse en un puesto de la misión de paz de la ONU.

    “Huí cargando un arma. Serí muy peligroso si alguna vez yo intentara volver a mi comunidad. Seguro que me matarían”.

    Desde que se rindió en 2015, fue encaminado a sitios de acogida y, en febrero de 2017, llegó al abrigo del PAMI, en Goma.

    © Flavio Forner

    Hacen dos años que el introvertido Melvin nunca más há vuelto al Jardin del Éden. Como perdió contacto com cualquier miembro de su familia, es probable que el muchacho se sume e los Miles huérfanos del conflicto que asola el país desde 2002, cuando fue firmado un acuerdo de paz para poner fin a la Segunda Guerra del Congo.

    Hoy, en el abrigo del PAMI en Goma, su vida ha cambiado radicalmente. Él se siente bienvenido en el espacio. “Es muy diferente de la vida que llevaba en el grupo armado”.

    Las actividades de Capoeira en el abrigo le han proporcionado un nuevo comienzo y le abrió una brecha para que Melvin reconquistara su propia estima e identidad.

    En poço tiempo complirá 18 años y tendrá que buscar una actividade que le genere ingresos.
    Melvin ya tiene planes de trabajar con la fabricación de muebles y soldadura.

    “Quiero aprender a fabricar una ventana, una puerta y a construir una casa. Quiero poder tener um pedazo de tierra para eriguir un hogar para vivir”.

    El adolescente no tendrá su nombre original divulgado. Para garantizar la integridad y la seguridad de los niños menores de 18 años y seguir las directrices de UNICEF, los niños entrevistadas en este proyecto fueron identificadas por los apodos que ellos mismos eligieron.
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