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  • El niño soldado

    Tukundu

    Él tenía 12 años cuando integró a las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR), siguiendo los pasos de su padre, un soldado de alta patente de este grupo rebelde que actúa en el este de la RD Congo.

     

    Este grupo reúne congoleños de origen hutu y ex-soldados responsables por el genocidio de 1994 en Ruanda. El FLDR, entre otros grupos armados, han estado en el epicentro de dos décadas de violencia en el país.

    Un chico de baja estatura de 17 años, apariencia frágil, mirada perdida y voz temblorosa. Este era Tukundu cinco años despúes de luchar en las filas del FDLR.

    Su padre, un ruandés convicto y soldado leal a las fueryas hutus durante el genocidio que arrastró Ruanda en los años 90, huyó para el vecino Congo.

    El chico nació en Miriki, ubicado a 200 km al norte de Goma. A lo largo de cinco años, Tukundu vivió en la selva en el territorio de Masisi, en la provincia de Kivu del Norte, 80 km a noroeste de la capital Goma.

    Él no sabía por lo qué estaba luchando, contra quiénes y por cuáles ideales. Nunca tuve una única chance de aprender a leer y a escribir.

    Nunca entró en un aula, se sento em um pupitre o vio uma pizarra. Su única referencia fue su padre, las armas y la selva.

    Y, fue así, que Tukundu creció y luchó junto con otros dos mil combatientes del FDLR que operan en el Congo.

    “Como mi padre era del FDLR, yo lo seguí. Luchábamos por nuestra supervivencia y para tener un lugar donde existir. Cuando me necesitaban a mí, yo combatía”, dijo.

    Un día, entre final de marzo e abril de 2017, el chico fue capturado por las fuerzas armadas congoleñas en el campo de batalla.

    Tukundu nunca eligió huir, ni siquiera pensó que podría tener una vida diferente de la que conocía de la selva. “Mi meta no era salir de allá. Eso era mi vida y era allá donde tenía que estar”, contó.

    Pero um equívoco lo hizo ser capturado por el ejército congoleño, la FARDC. Como es protocolo, cuando niños combatientes são presos, ellos no pueden ser muertos, pero encaminados para la ONU.
    Allí se iniciaría el proceso de desarme, desmobilización y reintegración de soldados rebeldes. El llamado DDR es un componente del mandato de la misión de paz de las Naciones Unidas en el Congo (MONUSCO).

    Noo había más que una semana que Tukundu había llegado al abrigo del Programa de Apoyo a la Lucha contra la Miseria (PAMI), una ONG congoleña que acoge a niños ex-soldados.

    Hasta aquel momento, su vida era apenas combate y supervivencia. Sus juguetes eran los rifles y municiones.

    Tukundu era un ‘kadogo’ que nunca había pensado en huir. ‘Kadogo’, en swahili, significa “los pequeños”, y es así como son llamados popularmente los niños soldado en la RD Congo.

    © Flavio Forner

    Solitario en un rincón con una mirada distante, el chico muestra una tímida curiosidad acerca de los otros muchachos alrededor. Todos allí habían compartido um pasado semejante, habían sido ‘kadogos’, niños que perdieron su inocencia y sufrieron traumas.

    Tukundu solo habla Kinyarwanda, idioma de Ruanda. Allí, nadie lo entiende, son congoleños que hablan, en su mayoría, swahili y dialectos locales.

    En el abrigo de PAMI, dos veces a la semana, a los lunes y miércoles, alrededor de 40 niños de 8 a 17 años se reúnen para jugar a la Capoeira. Ellos forman un círculo y acompañan atentos a los movimientos y cánticos que les enseñan sus profesores capoeiristas.

    No importa la etnia, comunidad, idioma o de cuál grupo armado lucharon. Allí, todos reviven sus momentos lúdicos de niñez e intentam abandonar un pasado de combate.

    Todo es muy nuevo para Tukundu. Él aún no entiende qué es lo que está haciendo en el abrigo y por qué los otros chicos no hablan su idioma.

    La única cosa que entiende es que cuando todos están juntos en rueda, lo que los une es el sonido de los tambores, sonaja y el ‘berimbau’, un instrumento de percusión de una cuerda.

    Tukundu no sabe que esto se llama Capoeira. Él es todavia demasiado retraído, pero mas echa miradas curiosas.

    “Ah ¿eso se llama Capoeira?”, pregunta cuando lo questionan si algun día se interesaría por participar de las clases donde los otros chicos se reúnen en círculo.

    “Yo los vi jugando, me pareció gracioso. De repente, un día puedo hacer amigos con esa Capoeira”, comentó.

    Tukundu pasa gran parte de su tiempo observando, calla y solo.

    No sabe lo que los días futuros le reserva. Espera apenas poder rencontrar a su madre y a una hermana que un día abandonaron su padre y regresaron a Ruanda. Su padre murió en combate hacen ya algunos antes.

    El único número de teléfono que tenía de la madre ya no existe. “Apenas sigo esperando”.

    El adolescente no tendrá su nombre original divulgado. Para garantizar la integridad y la seguridad de los niños menores de 18 años y seguir las directrices de UNICEF, los niños entrevistadas en este proyecto fueron identificadas por los apodos que ellos mismos eligieron.
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