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  • La madre adoptiva

    Hace poco más de seis meses Kanyere Mughambuli, de 25 años, decidio ser una “familia de acogida”. La experiencia fue nueva y desafiante.

     

    Casada hacen tres años, ella y su marido viven en una pequeña finca en la ciudad de Kiwanja, 70 km al norte de Goma.

    “Optamos por acoger los niños que tuvieron ese pasado”, dijo.

    “Queríamos ayudarlos a ofrecer una experiencia familiar antes que volvieran a sus comunidades e familias de origen”.

    Kanyere es madre biológica de una pequeña niña y se voluntarió para recibir y a cuidar a los chicos que necesitaban un hogar temporal.

    Hasta hoy día han sido siete en total.

    “Somos una nueva familia ahora”, comentó cuando fue cuestionada de por qué quiso abrigar a los niños que habían estado en grupos armados.

    “Ellos son como mis propios hijos. Me llaman de madre, me ayudan a cuidar de la casa, del jardin y de la huerta. Yo los enseño a hacer tareas domésticas y a cuidar de su higiene. Cocinamos y comemos todos juntos”, nos cuenta.

    Hoy Kanyere cuida del joven Youssouf[1] de 16 años, quien está hace poco más de un mes.

    “A él le encanta vivir aquí, le gusta comer mango de los árboles. Él es um buen chico”, afirmó la madre adoptiva.

    “Jambo sana”, saluda Youssouf. En swahili, ‘hola’.

    El adolescente solía vivir en Katwiguru con sus padres y cuatro hermanos, unos 20km de Kiwanja donde está la casa de su nueva familia de acogida.

    Él recuerdase em detalle del día en inicios de 2017 cuando foi raptado por el grupo autointilulado Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR).

    “Yo estaba trabajando en una plantación cuando me secuestraron. Me mandaban cocinar de mañana hasta la noche”.

    Con una arma en puño, Youssouf tenía la misión de robar cultivos y abastecer el grupo.

    Un trabajo que afirmó que no le gustó de realizar.

    © Flavio Forner

    “Tenía que dar órdenes a familias, padres y madres, para trajeran alimentos para el grupo amenazándoles con mi arma. Ésa era mi vida allá”, describio.

    “Ni piense en ir a luchar en la selva”, aconsejó. “Es arriesgado y peligroso. Allá hay mucho sufrimiento”.

    Fueron tres meses en el grupo armado hasta que logró huir.

    “Vía que personas morían. No quiero eso para mí”, pensó.

    La fuga fue solitaria.

    Mientras sus superiores estaban ocupados en otras funciones, logro esquivarse sin que lo vieran.

    “Huí solo durante el día”, recuerda. Corrió por dos horas sin detenerse o mirar hacia atrás.

    Lo que Youssouf, de hecho, quisiera era poder volver a sua casa y a su comunidad. Pero él tiene miedo de que sea uma vez más raptado o que su familia sufra represalias del grupo armado.

    “Aún no sé cuando voy a volver. Quiero ver mi familia y mis hermanos”, afirma.

    Kanyere tambien abraza los sueños que tiene su hijo adoptivo.

    “Espero que él tenga una buena vida, quiero que se acostumbre de nuevo a vivir en familia y que consiga volver a su familia de verdad”.

    Ella aconseja a que las familias luchen para no dejar que sus hijos sean reclutados por grupos armados.

    “Por lo que escucho las historias que me cuentan los niños, no puedo aconsejar a nadie que se vaya a la selva. Los padres tienen que hacer todo lo posible para mantener sus hijos ocupados”, recomendó.

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