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  • La niña que cree

    Mwamini

    “Con la Capoeira, libero mi mente, escapo de la realidad”.

     

    Toda vez que practica a la Capoeira, Mwamini, de 15 años, se atenúa un poco las dificultades de su día a día. “Me hace olvidar un poco de mi condición de pobreza. Tenemos poco lo que comer en casa. Cuando juego, me olvido de este sufrimiento”.

    Eb swahili, Mwamini significa ‘aquél que cree’.

    Por lo menos tres veces a la semana, la adolescente tiene un encuentro marcado en el hospital Heal Africa, en la parte central de Goma. Son los momentos que más anhela cuando el maestro y sus instructores capoeiristas se encuentran con niños y niñas en el gran salón ofrecido por el hospital para este grande encuentro comunitario.

    Heal Africa se convirtió en un hospital referencia en Kivu del Norte para el tratamiento de pacientes que sobrevivieron a violencias sexual y de género, en un país donde la cultura de la violación sexual y los malos tratos a las mujeres son vistos como armas de guerra.

    El hospital también se volvió un centro de encuentro comunitario y un polo que atrae diversas actividades.

    Mwamini vive en una pequeña y precária choza de tierra, tapones de madera podridos con cubierta de lona. Junto con sus padres, ella y sus siete hermanos habitan esta casucha hacen doce años ubicada en el Quartier des Volcans, cerca del centro de Goma.

    Este barrio está rodeado de mansiones donde viven funcionarios internacionales y expatriados que trabajan en organizaciones de ayuda humanitaria. Lado a lado, se construyen precária chozas como la de Mwamini en un terreno rocoso rastro de la última erupción del volcán Nyiaragongo que avanzó sobre la ciudad en 2002.

    El piso de la casa de Mwamini es de lava resecada.

    Cinco minutos a pie es el tiempo que se lleva desde su casa hasta el salón del hospital donde se ofrecen las clases de Capoeira. La chica es una de las más asiduas y dedicadas.

    © Flavio Forner

    Mwamini no va más a la escuela. A los 9 años tuvo que abondanar el tercer grado. Su madre ya no más podía pagar la matrícula escolar de sus ocho hijos. En la RD Congo, la educación no es gratuita y cuesta cerca de 300 dólares al año para mantener un infante en un aula.

    Tímida e introvertida, Mwamini no suele tener muchos amigos y pasa gran parte del día vagando por las calles y a ayudar a su madre en la venta de bananas, una de las únicas formas de generación de ingresos para la familia.

    Los martes, miércoles y sábados son los días especiales de la semana cuando la joven practica a su deporte favorito, la Capoeira.

    En la primera vez, ella apenas lanzó una mirada curiosa para saber de qué se trataba aquella rueda que reuniá chicac bailando y cantando. La segunda vez que vió, “yo me encanté y resolve aprender”.

    Ella invito a uno de sus hermanos menores y, hoy, ambos la practican juntos.

    Ya son dos años que Mwamini vio por primera vez este arte marcial que combina danza, música, acrobacia y movimientos no violentos.

    Para su madre, Sarah Wakibenga, de 43 años, la Capoeira cambió no solo la rutina de la familia pero también la personalidade de sus hijos. Ella notó la diferencia desde que empezaron a participar de las actividades de la Capoeira.

    © Flavio Forner

    “Los niños pasan casi todos los días en las calles. Cuando tenemos comida, comemos, si no, esperamos hasta el otro día para intentar conseguir algun alimento”.

    Sarah vio en esta actividad una forma de pasar el tiempo y de educar a sus hijos.

    “Me pongo muy feliz por que ellos pueden practicar una actividade. Siempre quise que ellos hicieran algun deporte, pero nunca hemos tenido plata para pagar. La Capoeira es un deporte, una danza, todo junto y es gratuito”.

    Mwamini muestra compromiso. Entre sus deseos están el de volver a estudiar y el de ser una maestra de la Capoeira para poder enseñar a otros niños.

    “Yo y otras chicas esperamos que un día podamos enseñar a la Capoeira”.

    El adolescente no tendrá su nombre original divulgado. Para garantizar la integridad y la seguridad de los niños menores de 18 años y seguir las directrices de UNICEF, los niños entrevistadas en este proyecto fueron identificadas por los apodos que ellos mismos eligieron.
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